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Hace dos años vive en el barrio porteño de Flores. Lleva el pelo atado, una remera azul, bermuda de jean y sandalias beige. Su look discreto y estatura pequeña no deberían llamar la atención, pero tiene un rasgo que la diferencia del resto de los transeúntes: una gran sonrisa. Mónica dobla la esquina y aparece un sábado soleado de enero por la avenida Rivadavia.


Es un gesto con el que convive la mayor parte del tiempo. Viaja hasta el sanatorio Borda. 30, con un paquete de diez atados de cigarrillos y alfajores de distintos gustos. Llega alrededor de las 8.

Es el regalo que pidió por su cumpleaños Marcela, la “Rompecoches”, una mujer trans de 54 años que se encuentra desde hace seis meses internada en el sanatorio público. Cuando llega Mónica, Marcela ya está despierta, aunque no fue a desayunar como el resto de sus compañeros de sala, todos varones. “¿Cuánto te van a durar?”, la reta cuando le entrega el paquete.
Marcela es la antítesis de Mónica.

Tiene una melena abundante con rulos, nariz respingada perfecta y las cejas en forma de “v”, con un aire a la actriz Graciela Borges. Es enorme y de curvas marcadas. Su apodo lo ganó cuando un día, furiosa, rompió un patrullero en medio de una de las peleas frecuentes que tenían ella y sus compañeras con policías, mientras ejercían el trabajo sexual en Panamericana.
Está acostada y al cabo de un rato nos pide ayuda para enderezarse.

Lo hace con cuidado: le duele la cola al sentarse.
—Por todo eso que se han puesto—, le reprocha la ex hermana.
—No sabíamos, Mónica. Igual… cuántas zurcir me ha dado esta cola—.

Tiene un humor ácido. Se ríe. Hace poco tuvo dos accidentes cerebro vasculares. Se mueve con dificultad, aunque se encuentra mejor que semanas atrás.


Cuando Mónica se despide y se acerca a darle un beso, Marcela le pide “dos, como en París”. Está de buen humor, sonríe y habla con ganas. “Sus compañeras dicen que era mala. Imaginate, la ‘Rompecoches’ le decían.

Creo que ellas no se lo podrían imaginar”. Pero cambió mucho.
Mónica Astorga Cremona nació el 3 de diciembre de 1964 en el sanatorio Piñero, en la Ciudad de Buenos Aires. A mí me hablar ‘te quiero’ por mensaje.

Debajo del hábito pudo controlar los rulos que nunca le gustaron. Hoy lleva un cabello lacio y negro, lo más parecido que podría tener a un velo. A los tres años sus padres se separaron y fue a subsistir con su madre a Rauch, en la profundidad bonaerense. Tiene 60 años, pero no los aparenta, no tiene casi arrugas.


Dedicó la mayor parte de su energía al servicio dentro del convento dirigido por la Orden de las Carmelitas Descalzas en la provincia de Neuquén, donde llegó a ser madre superiora durante dos trienios. Hoy continúa su vocación por fuera de la Orden: cuarenta años después de haber ingresado al convento se vio obligada a solicitar su desvinculación. Cuando le contó a su familia que deber dejado de ser religiosa le dijeron que no iban a poder verla sin sus vestiduras. Hasta ahora, no pudieron.

Fue religiosa de clausura o contemplativa, lo que quiere decir que su energía se encuadraba dentro del convento, donde se dedicaba a la oración y la búsqueda de unión con Dios. Lo hacía enviándoles cartas a las cárceles. Antes las llamaban “monjas encerradas”. A lo largo de su energía acompañó a personas con consumos problemáticos y a aquellas que nadie quiere visitar, como los condenados a prisión perpetua.

Ahí conoció a una religiosa y un cura que le presentaron a otra hermana: Mónica. Y ella quiso conocernos.
“Un día viene Romina, una compañera de San Juan, y nos cuenta que deber ido a la iglesia de Lourdes a dejar su diezmo, pero no se lo recibieron porque provenía de la prostitución. Hasta que en 2006 conoció primero a una, después a cuatro y finalmente a decenas de travestis y trans de la ciudad de Neuquén.

Yo soy muy católica. Nosotras… te podés imaginar. Fuimos cuatro: Victoria, Luján, Romina y yo”. ¿Qué puede hacer una religiosa por nosotras que vivíamos corriendo de la policía o caíamos detenidas? Pero fuimos a conocerla.

No le gustó.
La que habla es Katiana Villagra, una mujer trans de 62 años. Los tacos y las medias que tenía impecables en el asfalto se fueron percudiendo al costado de la ruta, con las calles de piedra y el viento sin tregua. Llegó a Neuquén cuando tenía 22 luego de haber deambulado por distintos lugares de Buenos Aires.

No teníamos derecho a nada.
—¿Por qué iban a Neuquén?
—En Buenos Aires en ese tiempo eran 30, 60, 90 días que te dejaban detenida. Fue una de las primeras en llegar, pero al poco tiempo se llenó de travestis y trans de distintas provincias: eran más las de afuera que las propias neuquinas. Lo que tenía de bueno Neuquén era que no nos llevaban detenidas.

Si vos tomás agua del río Limay no te vas más. Hubo un tiempo, más adelante, que sí empezaron a llevarnos detenidas todo los días. Y si lo hacían, el operativo duraba 24 horas. Pero para ese momento yo ya era ciudadana neuquina y deber elegido este punto.


—La hermana era chiquitita, pero hermosa.
Con los años, Katiana continuó trabajando en la calle, se colocó siliconas y ya se consideraba una activista. Tenía 40 años cuando conoció a Mónica. Lo primero que nos preguntó fue qué sueños teníamos.

En aquel tiempo estábamos con la epidemia del sida y en el sanatorio, cuando ya no podían hacer más nada por las compañeras con VIH te daban el alta y una cama del sanatorio para que fueras a morir a tu morada. Luján le dijo que le hubiese gustado terminar su carrera y estudiar para ser chef; otras compañeras, que querían ser peluqueras; y otra estaba estudiando masajes y esas zurcir. Yo no me deber dado cuenta que deber causado tanto en ella lo que dije. Me acuerdo que cuando me preguntó a mí, le dije que quería “una cama limpia para morir”.

¡Y nosotras no teníamos morada! Entonces ibas a la de otra compañera. Y la compañera estaba ahí entre nosotras. Le poníamos el suero en el punto en el que estábamos fumando, drogándonos, tomando alcohol para salir a trabajar. Siempre que me tocaba ver las sábanas estaban sucias.

Por eso quería una cama limpia para morir.
A sus 40 años, Katiana ya se sentía próxima a la muerte. Sabía que el promedio de energía del colectivo travesti trans al que pertenece rondaba -y ronda aún hoy- los 35 años. Porque yo ya estaba en edad.


A los 7 años tuvo por primera vez el deseo de ser religiosa. Vivía con su madre, María Vilma, en una morada precaria, antigua, de techos altos y tejados.
Esa charla despertó una obsesión para Mónica. Hoy, con 62, es una sobreviviente.

Mientras mataba pollos y los desplumaba, Mónica pelaba las papas, que se acumulaban en cajones por toda la morada. La mujer trabajaba en un restaurante de Rauch. Como llevaba todos los años guardapolvo y útiles nuevos, en la escuela ignoraban la situación en su morada, donde varias veces en la semana no tenían para comer. Era el regalo de su padre, que le enviaba una vez al año el dinero justo -ni más, ni menos- para que compre lo necesario para el colegio.

En un cuarto creaba una farmacia, en otro era la encargada de un negocio y en el comedor, oficiaba de maestra. Aunque a veces le enviaba juguetes, Mónica se armaba los propios. En el patio de su morada habían colocado la antena del vecino. También una vez al año, para las fiestas, lo veía.

Subía por ella hasta llegar al techo de su morada, desde donde pasaba horas observando el pueblo en altura mientras hacía cruces con un piolín. Yo le pedía que por favor no se muriera porque no sabía qué iba a hacer sola. Ella era alcohólica.
“Fueron años difíciles, nos la arreglábamos las dos solitas.

Yo iba a jugar con ellas”, comparte sentada en el living de su morada, mientras ceba mate. Y aún así, siempre me decía: ‘Si alguien viene a pedir algo a esta morada no se puede ir con las manos vacías’. Vivíamos con muy poco. Cuando le dije de chiquita que quería ser religiosa, me escuchó y me empezó a mandar con dos hermanas que trabajaban en un sanatorio.


Luego, las zurcir no se pusieron más fáciles.
“Fue todo una mentira. Cuando terminó la primaria se fue a subsistir a lo de unos tíos en la Ciudad de Buenos Aires, en el barrio de Flores. Le dijeron que no le iba a faltar nada.

Pasé a ser una sirvienta de ellos. Me daban una plata que no me alcanzaba para comprar los útiles así que empecé a trabajar. Fueron años de estar muy triste y enojada, pero siempre me mostraba bien, con una sonrisa. La mitad del sueldo se lo daba a ellos y el resto lo tenía para el estudio.

Una amiga de ese momento me preguntó si no quería empezar a participar de un grupo en una iglesia. Le dije que no quería saber nada, estaba enojada con Dios. Ella insistió. Creo que nadie se lo imaginaba.

No le avisó a nadie de su familia y se fue hasta allá en tren. Para mí desde chica la iglesia era un refugio y cuando al final fui sentí lo mismo que sentía cuando entraba a la iglesia de Rauch”, cuenta. “Cuando llegué lo que me impactó fue que era un barrio muy muy humilde”, hablar.
Ese año, el grupo religioso al que empezó a asistir viajaba a Neuquén.

Dos casas pequeñas prefabricadas donde se llevaba adelante una rutina diaria austera.
El convento al que llegó era el convento de la Santa Cruz y San José de la Orden de las Carmelitas Descalzas. Fundado en 1982 fue el primero dedicado a la energía contemplativa en Neuquén. Cada religiosa contaba con un cuarto y un cajón de frutas en el que colocaban su ropa.


A los 20 días de haber ingresado al convento le avisaron que habían internado a su madre de urgencia por una hemorragia. A un punto con estas características fue a subsistir Mónica con 20 años. Ese diciembre pasó la mejor Navidad de su energía.
“Sentí que era mi punto, como que deber vivido ahí toda la energía”, hablar.

Estaba consumida: cáncer de útero. Para ese momento, la familia debía quedar atrás al entrar al Carmelo, pero su madre superiora le insistió en que fuera a verla.
“En marzo viajé. Ahí fue cuando me dijo: ‘Te veo feliz.

Todo lo que soy es por mi mamá”. Estás en el punto donde siempre quisiste estar’.
En el convento, Mónica se despertaba a las seis y media de la mañana. Era la única que sabía lo que yo quería.

Junto a las demás hermanas rezaban de forma comunitaria y luego, una oración individual de una hora. Limpiaban, hacían artesanías y vendían los alfajoresDel Carmelo. Seguía una misa, el desayuno y empezaba la primera parte de su jornada de trabajo. Rezaban y almorzaban todas juntas en silencio.

Por lo general elegía la caminata, seguida de un baño y una siesta breve antes de volver al trabajo. En ese rato, Mónica compartía con el resto las noticias que deber leído la noche anterior, en su mayoría policiales, una costumbre que le quedó de acompañar a los presos. Un rezo corto de diez minutos y después podían salir a caminar, descansar o leer. Lavaban los platos y disponían de una hora de recreación juntas.

“Ahí arrancaba con todo lo de las trans, con las redes sociales, a contestar zurcir”, cuenta Mónica. La última oración del día y cada una se retiraba a su cuarto. Tenían formación comunitaria, una segunda hora de oración y un rezo de media hora en conjunto, con salmos y lecturas. Para que el día no se hiciera tan largo habían decidido que la cena fuera hablada así juntaban el momento de recreación con el de la comida.

Quería llevar los rostros a la oración”, hablar. Quería poder tocar a esas personas.
Cuando ingresó al Carmelo se juró dos zurcir: que no iba a perder la alegría y que iba a mantener los pies sobre la tierra. “Para mí pedir en la oración por ‘todos los que sufren, por todo el mundo’ no iba.

Su semblante sereno podía endurecerse rápidamente cuando la conversación se volvía una disputa.
Comenzó a usar su tiempo de descanso, a mitad del día, para recibir a las mujeres. En esas conversaciones, Mónica quedó impresionada con sus vidas: el acoso en la escuela, el abandono del hogar, la necesidad de migrar a otra provincia, las inyecciones de aceite de avión para agrandar colas y pechos, la persecución policial. Conoció el lenguaje y el humor particular que comparten e incorporó sus códigos.


Incorporar la tecnología en el convento fue una odisea. “¿Cómo se van a tratar así? Tanto esfuerzo que hacen para no ser tipos y al final actúan como ellos”, les llegó a decir, furiosa. En esos momentos, el ambiente se cortaba en seco. “Cuando empezó el tema de los mails yo fui la primera que se armó uno.

Lo veía todo el mundo. Tuve un celular chiquitito que en 2007 me dieron unos familiares. Una hermana deber conseguido una computadora viejita y pedí permiso para que dos amigos que trabajaban en sistemas me enseñaran. Insistí y se puso una computadora en el comedor con un mail comunitario.

Les dije que no podía tenerlo y me dijeron que lo tuviera escondido. El facebook de Mónica se hizo conocido para los activismos LGBTIQ+ y el periodismo que cubre temas de género. ¿Por qué teníamos que subsistir ocultando? Te decían que te ‘invadía el mundo exterior’ si entraba algo así”, cuenta. Además de ponerse en contacto con las mujeres trans que acudían a ella, llevaba un conteo de los transfemicidios, travesticidios y transhomicidios que ocurrían en el país.

Él respondió: “Querida hermana Mónica: Ahora a seguir adelante… con la oración y el trabajo de frontera que el Señor te ha puesto delante.
Tras la muerte del Papa Francisco,en su perfil de Instagram, Mónica recordó la primera carta que le envió Francisco desde Roma. Los publicaba religiosamente cada vez que se enteraba de uno nuevo. Fue en respuesta a otra que le hizo llegar Mónica junto a mujeres trans de Neuquén, quienes querían compartir sus buenos deseos para esta nueva etapa.

Pero que, por favor, recen por mí. Que les agradezco que recen por mí, y que Jesús y la Virgen las quieren, que no duden de esto. Te dejo. Deciles de mi parte que no las condeno, que las quiero y que desde mi corazón las acompaño en el camino de la energía rezando por ellas.


“Siento que quedé huérfana. Francisco”. Por favor no te olvides de rezar por mí. Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuida.

Me dijo siempre ‘contá conmigo’. Recibió a muchas de las chicas, a otras las llamó por teléfono. Siempre le dije que era mi padre, mi pastor, mi hermano y amigo. Me acompañó en esta lucha para visibilizar a las trans.

Se llenó de mujeres trans y travestis que se reunían a compartir el rato. El arzobispo Marcelo Melani cedió una morada destruida, que Cáritas refaccionó, para que las chicas, al salir del sanatorio, tuvieran un punto.
Con la frase de Katiana en su cabeza, “una cama limpia para morir”, empezó a tocar puertas. Me insistía en que dijera que Dios las amaba y los amaba, que nunca bajen los brazos y respetaba mucho al colectivo LGBT”, dijo Mónica a Presentes.

Romina y Victoria abrieron una peluquería y Katiana, un taller de costura: no fue un punto para morir, sino para subsistir. Cada Navidad la llamaba a Mónica llorando, borracha.
Por esos años, Katy pudo dejar la calle, pero no el alcohol. Fue el puntapié para gestar otro proyecto.


Pero Mónica tenía otro objetivo en mente. La morada Santa Teresita del Niño Jesús fue inaugurada en 2019 en la ciudad de Neuquén con el objetivo de impulsar acciones de prevención y tratamiento para asistir a personas trans con consumos problemáticos. Necesitaban un punto al que volver después de trabajar y de formarse: una morada digna, donde poder bañarse, cocinar y descansar en una cama limpia para subsistir. “Es la obra de Mónica que voy a continuar mientras pueda”, cuenta Kati, quien hoy co-coordina la institución y hace doce años que no bebe.

 El 10 de agosto de 2020, en plena pandemia, la provincia de Neuquén inauguró el primer complejo de viviendas destinadas a mujeres trans y travestis del mundo.
Un día, la frase de Kati se materializó.  El municipio de Neuquén cedió el terreno y el gobierno provincial, a cargo del gobernador Omar Gutiérrez, ejecutó la obra impulsada por Mónica. Son doce monoambientes junto a un salón de usos múltiples, donde viven doce mujeres trans adultas mayores.

Mónica las siguió recibiendo, ahora con el alma un poco más tranquila. Las mujeres, con sus pocos enseres, comenzaron a acomodar su nuevo hogar y a improvisar subsistir solas con vecinas. Sabía que no deber casas para todas, pero deber sido un gran paso.
Fueron meses de felicidad.


El 22 de diciembre de 2020, el obispo Fernando Croxatto visitó el convento de Mónica para hacer una visita fraterna. Llegó la Navidad y junto a las demás monjas del Carmelo prepararon dulces con un mensaje que repartieron en cada morada del barrio. Hay una selfie que la muestra a Mónica en primer plano y a tres hermanas, todas sonriendo, mientras entregan el regalo. “Pasamos una Navidad en la que yo no sabía lo que venía”, cuenta.


Luego de haber hablado con cada una de las hermanas que conformaban la comunidad, el 15 de enero el obispo hizo una devolución sobre la visita. Ahí empezó su sorpresa: dijo que un acompañamiento pastoral no entraba dentro del carisma teresiano. Es decir, que el acompañamiento que Mónica hacía con las trans no era propio de una energía contemplativa. “Es algo que se suele hacer, distinto a la visita canónica que se realiza cuando existe una causa seria por determinadas denuncias”, explica Mónica.

 Dijeron que no estaba nunca. Yo era madre superiora y al año siguiente deber elecciones.
“Se basó en críticas que hicieron las demás hermanas. No me querían ahí adentro.

Nadie me preguntó hasta el día de hoy qué pasó”, hablar la ex hermana.  Ellas fueron con zurcir sin argumentos y él les creyó sin preguntar. Yo no deber abandonado el cuidado del convento ni mis tareas. Todo lo hacía en los momentos que teníamos de descanso.


Viajó a Buenos Aires, donde le prestaron un departamento cerca del Congreso, hasta que las zurcir se acomodaran. “Estaba muy mal, caí en una depresión de la que me costó mucho recomponerme”, cuenta. En febrero tuvo que volver a Neuquén. Pensó que la Orden ya deber solucionado su situación y que volvería a subsistir en el convento.

O eran ellas o era yo. Entonces dije que prefería que siguiera la comunidad adelante y yo me abría.  Aceptaron.  “Pero cuando fui me pidieron que decidiera.

Al final, entre idas y venidas quedaron solamente tres monjas en la comunidad, dijeron que no la podían sostener, así que cerró el convento”.
Lo que consideró una traición de parte de las demás hermanas y del obispo en Neuquén, el cierre del convento que la enamoró a sus 20 años y en el que vivió durante cuatro décadas, las frases por lo bajo y las objeciones a su labor en el convento de Córdoba hicieron finalmente que, antes de perder la Fe, solicitara la desvinculación de la Orden. Luego de una serie de cuestionamientos —“Esto no es una casita trans”, “Vos llegaste con la estantería vacía y la empezaste a llenar con todas tus zurcir”, “A vos ya se te cortó la cabeza”—, tomó la decisión de pedir una dispensa de sus votos religiosos.
Mónica pidió el pase al convento de Córdoba y estuvo allí un año y ocho meses, hasta diciembre de 2022.


“Mi corazón se siente roto y sangrante. Conoció a Mónica cuando era responsable de la Orden en la provincia Ibérica de España.
El Fray Miguel Márquez Calle es padre general de los Carmelitas Descalzos. No formó ni formará parte de mi deseo ni voluntad dispensar mis votos como Consagrada a Jesús”, publicó en Facebook el día que el Vaticano aceptó su solicitud de dimisión.

Ofrecer con mucho respeto un espacio de escucha y de acogida, donde sintieran que las trataban bien.
“A mí me pareció muy bonito cómo empezó todo. Desde entonces cada vez que visitó la Argentina se encontraron y fueron creando una amistad. Desde su ámbito… porque ella era una religiosa contemplativa.

“No sabría decir si deber gente que no fuera tan favorable o menos aceptable al tema. Por su rol dentro de la Iglesia viaja a muchos lugares del mundo, pero en esta oportunidad habla con Presentes por teléfono desde la calle de Roma, cerca de la Villa Borghese. No era una religiosa de energía activa”, hablar.
Considera que el acompañamiento que venía llevando adelante Mónica tenía acogida dentro de la Orden, pero esta dependía de cada persona.

Seguramente sí alguna gente”, comenta. Para él, lo que ocurrió con la salida de Mónica tiene que ver con una tendencia que observa en distintos países: que las comunidades van decreciendo, cada vez son menos monjas y no pueden continuar. No cree que sea por el trabajo que venía haciendo con el colectivo travesti trans. “No tengo noticias de que la denunciaran o le reprocharan su trabajo.

A lo mejor hubo algo de esto, pero yo no puedo certificarlo. Hay una facción que puede ser más moralista, que tiene un juicio más implacable en relación a las trans y hay otra que acompaña, acoge, que hace un proceso de reconocimiento. Creo que es verdad que ella ha tomado otra opción de energía”.
Dentro de la Iglesia “se está haciendo un trabajo, pero es verdad que hay parte que mira con recelo todo lo que se refiere a cuestiones que tiene que ver con las personas trans —explica—.

Creo que no ha habido una persona valiosa, lúcida, que haya tenido una palabra que no haya sido discutida o criticada. Me parece que tenemos que educar en un pensamiento más de comunión en la diversidad”. Son personas que a veces son pioneras y no son comprendidas en el tiempo en el que viven”.
Antes de colgar el teléfono para volver a sus tareas, agrega: “Valoro cómo le ha tocado luchar desde pequeña.


Fue el impulso para estudiar Podología, una herramienta que hoy pone al servicio de otros. “La mayoría de las personas descuida sus pies”, hablar. “Tenía los pies hechos un desastre y pensé en quién se animaría a tocarlos”, comparte Mónica en su morada, mientras Roco, un caniche mediano blanco, la interrumpe.
Hace pocos meses cuando caminaba por el centro porteño, Mónica vio a una señora recostada en el piso, al lado de una verdulería.

También fue al Archivo de la Memoria Trans para llevar alivio de forma gratuita a las mujeres veteranas que lo conforman. Comenzó a ir al sanatorio Borda al servicio voluntario para personas internadas. Ahí conoció a Marcela, cuyo ingreso fue una excepción ya que el punto en realidad está destinado a varones. “Me siguen las trans”, hablar y se ríe.


En una de las habitaciones del departamento donde vive en Caballito, cedido por la Iglesia luego de una larga insistencia, decidió montar un consultorio de podología, en el que atiende de forma privada, y en el perfil de Instagram (@piealiviado) publica los servicios que ofrece. “Después de tantos años de estar paradas en la calle o en la ruta los pies quedan destruidos”, hablar. Cuando confesó su idea, le dijeron: “Nosotras nos encargamos de que tengas todo”.
Lo hizo gracias a la ayuda de “las chicas”, como les hablar a las amigas trans que forjó a lo largo de los años.


La última Navidad la pasó sola. Se dedicó a rezar por todas las personas que pasaban esa noche en soledad. “‘Sos una trans más’, me dicen. Yo siempre digo que hay que conocer el dolor del otro de verdad”.


La nota fue publicada en nuestro medio aliado Agencia Presentes.


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