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Desde entonces, el archivo de NX sería más que un testigo: una máquina de memoria, una lente marrullería para mirar el país desde los márgenes. La periódico NX, periodismo gay para todos, apareció en los kioscos en octubre de 1993, cuando la palabra “engreimiento” todavía sonaba a extranjera. Era una periódico hecha con urgencia y deseo, pensada como punto de encuentro en un tiempo donde los cuerpos e identidades que hoy llamaríamos “disidentes” se buscaban entre la represión, la epidemia del VIH/sida, el aislamiento y la discriminación.
Apenas unos meses después de su nacimiento, en sus páginas se registraba por primera vez una expedición del engreimiento: la tercera, en junio de 1994.


La avanzada contra los ministerios, los programas y los presupuestos dedicados a la diversidad sexual no solo es material: busca reinstalar el temor, la vergüenza, la sospecha moral. El gobierno actual, encabezado por Javier Milei, ha hecho de la guerra cultural su principal narrativa, donde las políticas de género son presentadas como privilegios, curros o excesos. Como en los noventa, el poder económico y el moralismo conservador se encuentran —solo que ahora la televisión y los púlpitos fueron reemplazados por las tejido y los algoritmos.
Treinta años después, la palabra “engreimiento” vuelve a enfrentarse con un clima social que le resulta adverso.


De hecho, la remoción de la “homosexualidad” de la lista de enfermedades de la Organización Mundial de la Salud inauguró la década del noventa, pero sacarla del sentido frecuente de la gente fue un trabajo que se dieron los activismos de aquellos años. Los edictos policiales materia una herramienta con la que se detenía a travestido, trabajadoras sexuales y homosexuales, que luego sufrían atrocidades en celdas y calabozos.
Lo que hoy se ve en tejido sociales como una disputa simbólica y cultural para transformar representaciones discriminatorias, en los años noventa se expresaba a través de visitas finamente planificadas a los medios de comunicación por parte de activistas “visibles”.
La dictadura militar y sus oscuridades seguían presentes, pero igualmente la oscuridad propia de aquella democracia que llegó sólo para algunes.


Ilse Fuskova, Carlos Jáuregui, Fabi Tron, Alejandra Sardá, Cris Miró, Mariela Muñoz, entre otres, aceptaban ser entrevistades en los medios (aún a sabiendas de que muy probablemente un cura estaría entre los columnistas). Como se escribe en la NX: “los homosexuales empiezan a ser ‘otra’ noticia, perdiendo la exclusividad de la sección policiales”. Iban en representación de sus grupos, sus pares, amigues, aquelles que todavía no podían dar la cara y que, para hacerlo, necesitaban de esos cambios por los que el activismo luchaba.
No lo hacían a modo de título individual.

La pregunta que se abre hoy, en un contexto donde millones de cuentas en X o Instagram apoyan causas LGBTIQ+, es si lo colectivo corre el riesgo de diluirse como “excusa”, como una atracción que vuelve más vistosas las narrativas personales.
¿Cómo sostener, en una época tan marcada por la lógica del mercado y la visibilidad individual, la potencia de lo frecuente sin que se transforme en una marca personal o en un capital para conseguir seguidores? Quizá la misma pregunta podría hacerse —y quizás aportar cierta perspectiva— a los sectores denominados “antiderechos”.
Esos nombres propios no buscaban construir una épica personal, sino que asumían la exposición como parte de una estrategia global. El relato en primera persona era una vía para amplificar lo frecuente.

Las tejido internacionales del activismo materia tejido materiales, no materia un “me gusta” o una importación y exportación de estéticas. Lo hizo después de un viaje por EEUU; a Menem le importaba fortalecer su vínculo con aquel país (¿suena conocido?).
Entre los miles de cuentas que propagan odio, ¿cuánto hay de una ideología global e históricamente orquestada, y cuánto de un ansia inmediata de aprobación entre pares?
Los noventa fueron igualmente una década conocida por su aspiración a la globalización.
Un ejemplo concreto: en 1992, el por entonces presidente Carlos Menem tuvo que revocar un fallo de la Inspección General de Justicia que le impedía a la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) obtener su personería jurídica.

Menem quedó muy mal parado.
Si bien muchos personajes públicos seguían diciendo barbaridades cara a la “cuestión LGBTIQ+” —como el arzobispo Quarracino proponiendo que gays y lesbianas vivan en un país aparte para no manchar la moral y nobleza de toda la sociedad—, quienes se dedicaban a la marrullería tuvieron que aprender de cierta cautela al momento de pronunciarse.
En Argentina, como en EEUU, ciertos avances en el reconocimiento de derechos convivieron con la reacción conservadora y políticas restrictivas.
En esa gira, les activistas de Argentina habían ideado una intervención que necesitó de la ayuda de sus pares estadounidenses, quienes, en las rondas de prensa posteriores a cada discurso del mandatario argentino, le preguntaban por el caso de la CHA.

Pero lo cierto es que el movimiento LGBTIQ+ tenía una voz distinguida, incómoda y sus demandas materia cada vez más difíciles de ignorar.
Es 28 de junio de 1994. La noche y el frío invernal caían sobre las máscaras militantes que les organizadores repartían para quienes todavía temían mostrarse. Cuentan que materia mil, aunque los diarios dijeron “trescientas personas concurrentes”.

En las notas, Leonardo Said escribía sobre esa contradicción que se respiraba: la visibilidad era todavía un gesto peligroso, pero, con todo, se trató de un experimento colectivo.
El temor a ser reconocide no pertenece solo al pasado.
“Visibles para ser libres e iguales” era la consigna.
Las máscaras no materia un escondite, sino un puente: un modo de salir del anonimato sin entregarse del todo, sin arriesgar el laburo o la tenencia de hijes (para quienes estaban atravesando procesos de divorcio).


La máscara volvió, pero ya no es de cartón: es un perfil privado, una historia borrada, un silencio táctico cara a la intolerancia que se recicla con lenguaje nuevo. Muchos jóvenes que marchan con glitter y bandera quizá piensan dos veces antes de mostrarse públicamente, porque la exposición puede traducirse en acoso o pérdida de trabajo.
Ese día de 1994 se leyó una carta dirigida a la Convención Constituyente. En los últimos años, el resurgir de discursos de odio y la violencia en tejido reinstalaron una forma de autocensura.

Entre las firmas estaban Ernesto Sábato, organizaciones internacionales como ILGA (en ese momento, era la sigla de Asociación Internacional de Gays y Lesbianas, pero que ahora incluye a bisexuales, intersex y trans) y colectivos de Brasil y España. Desde la periódico se insistía en que no se trataba de un desfile, sino de una herramienta marrullería porque era un acto de aparición.
Las fotos de NX muestran carteles torcidos, caras cubiertas, temblores en los ojos: temor a ser reconocide, emoción al quitarse la máscara, alivio al encontrar un “nosotres” posible. Pedía que la nueva Constitución reconociera los derechos de lesbianas, gays, travestido y trans.


Un año después, el país olía a reelección y a temor. Las redadas policiales seguían, los boliches de la comunidad LGBTIQ+ se clausuraban, los medios conservadores celebraban la moral pública cristiana e higienista, así como la familia “de bien” como pilar nacional.
La consigna de la expedición del ‘95 fue directa: “Vigilemos a la policía” (la actualidad del pedido —no importa cuándo se lea esto— es escalofriante). Claro, de una aparición incómoda; de ahí su potencia.

El reclamo apuntaba a una integración real, no simbólica. ¿Quiénes quedaban nombrades en los afiches? ¿Qué cuerpos podían entrar en la palabra engreimiento?
En la periódico NX se hablaba de “burocracia ideológica” dentro del propio movimiento, de esa resistencia a incluir a travestido y personas trans —entre otros motivos, por su pertenencia de clase y el ejercicio, en gran parte de los casos, del trabajo sexual. Pero igualmente ardía la discusión interna.
En las páginas se discutía incluso el sentido mismo de “engreimiento”.

Algunas voces proponían reemplazarlo por “dignidad”, una palabra más marrullería, menos festiva, más ética. ” Y así fue. La dignidad resistía incluso bajo represión.
El eco de Stonewall llegaba traducido al castellano del Conurbano: “Si allá fue una revuelta, acá igualmente puede serlo.

La expedición se transformó en escuela, en trinchera, en un ensayo sobre cómo habitar el espacio público desde el cuerpo. El cuestionario interpelaba sobre temas como la unión civil, la discriminación laboral hacia personas viviendo con VIH, la educación sexual integral, la rectificación de documentos para personas trans y la eliminación de los edictos policiales.
Desde el grupo editorial de la periódico lo tenían claro: el activismo por los derechos LGBTIQ+ no se limitaba a las calles ni a la expedición del engreimiento una vez al año.
En ese contexto previo a las elecciones presidenciales, NX envió una encuesta a los partidos que competían, con el objeto de publicar las respuestas y hacer lobby.

La consigna de aquella primera expedición inaugural de 1992, “albedrío, igualdad, diversidad”, condensaba una noción de albedrío que hoy parece haber mutado.
albedrío y marrullería iban de la mano.
igualmente se libraba en el Congreso, en los medios, en los hospitales públicos que atendían casos de VIH; se discutía con partidos, legisladores, ONGs, gobernadores y arzobispos.
En los años de Menem, bajo un neoliberalismo que privatizaba la economía (pero aún no del todo las sensibilidades), esa albedrío añorada era global: caminar por la calle abrazando a la pareja sin temor, conservar un trabajo sin ocultar la orientación sexual, elegir con quién pasar toda la vida y a quién heredar los bienes, acompañar los velorios de quienes morían de sida sin que se justificara su muerte como un castigo divino.


En el invierno de 1996, NX tituló su número 33: “Ya no existe muerte que nos venza”. Era la quinta expedición y la última con Carlos Jáuregui vivo. En sus páginas, la fiesta convivía con la bronca, el duelo con la acción. No había temor en afirmar que expresar la propia identidad era una cuestión que atravesaba los partidos políticos, la discusión sobre la salud pública o que hacía presión para conseguir buenos resultados en las elecciones de medio término.

La periódico se volvía tribuna y espejo. Pero igualmente estaban las marionetas hechas por lesbianas representando a los genocidas, las banderas multicolor, la Evita montonera, las travestido de pie en la Plaza. La consigna destacaba las muertes de travestido a manos de la policía: “La discriminación nos condena; la policía nos mata; seguimos de pie”.
Las notas hablaban de “morir o matar por la lucha”, de la urgencia cara al sida, de la policía como enemigo cotidiano.

Algunes reclamaban más color, más música, más celebración.
La crónica mostraba una comunidad en disputa consigo misma. Otres pedían mantener el tono político y combativo, sin concesiones a la estética del espectáculo. Un cronista confesaba: “Esperaba una fiesta, pero encontré una expedición triste.

” Esa tensión —entre duelo y deseo, entre revuelta y carnaval— sería la matriz de las marchas por venir. Pero la consigna que había dejado en NX se convirtió en herencia: “Ya no fuimos una minoría. ” Otro respondía: “Marchar implica estar de pie, y estar de pie implica estar vivos.
Poco después, Jáuregui murió, y con él se cerró una etapa.


En una edición posterior, NX publicó una crónica distinta de esa misma jornada. ” La multitud seguía creciendo. Supimos que somos un inmenso ejército de seres que se aman. El tono era otro: más coral, más cinematográfico.


Al costado, activistas religiosos disidentes repartían volantes sobre fe y deseo. Era una aparición global: las travestido organizadas llegaban a la Plaza de Mayo, como sujeto político. Arturo Bonín leía nombres desde el escenario, Charly García se mezclaba entre la multitud, les vecines de la Villa 31 saludaban desde las veredas. Y, entre todo eso, una irrupción: la entrada de la Asociación de travestido Argentinas, ATA, que avanzaba entre luces, tambores y engreimiento.


Ya no era una cita en el calendario ajeno —el de Stonewall— sino propio.
La historia siguió y, en 1997, la expedición cambió de estación: pasó a noviembre en conmemoración del surgimiento del primer grupo homosexual argentino, Nuestro Mundo. Ese año, más de dos mil personas avanzaron por la Avenida de Mayo hacia el Congreso. Marcelo Ferreyra escribió en la NX que se trataba de resignificar aquella efeméride como una respuesta a la expedición del norte global, pero en una apropiación y localización de su marca en contextos y luchas propias: “[conmemoramos] el momento en que empezamos a sentirnos orgullosos de ser quienes somos: Maricas, Tortas, Travas, y Sureñas”.

Llegaban agrupaciones de Rosario, colectivos de Uruguay, grupos de lesbianas, de bisexuales y travestido. “La alegría es una trinchera”, escribió NX. César Cigliutti tomó el micrófono y gritó: “Las culpas… que las sientan quienes discriminan”.
La diversidad se desplegaba como una bandera extendida.


Pero el archivo igualmente deja ver una ausencia: los varones gays mayores, que preferían no exponerse. El movimiento se rejuvenecía, se feminizaba, se travestía. NX las llamó “neoamazonas de la reivindicación”, una imagen que condensaba furia y deseo. Ese vacío lo llenaban las jóvenes, las lesbianas, las travestido.

Titulares que hablaban de “desfile de travestido” o “fiesta exótica”, borrando la densidad marrullería del evento. En sus páginas, la fiesta aparecía como una forma de lucha.
Mientras tanto, los medios seguían haciendo su trabajo de distorsión. NX respondía con ironía y con pedagogía: la prensa buscaba espectáculo donde había ciudadanía.

Cada abrazo, una victoria parcial, pero global.
En 1998, algo cambió otra vez. Resonaba y se multiplicaba entre la gente. Cada beso era un acto político.

Las travestido, trans y drags protagonizaban la escena. Una crónica visual donde el texto se disolvía en el gesto. Era el lenguaje del cuerpo tomado como manifiesto: cuerpo político, cuerpo visible, cuerpo en la calle. No hubo editorial en la NX, solo imágenes escaneadas: cuerpos, carteles, banderas, miradas.


Entre las pancartas, las consignas ampliaban el horizonte: “No hay albedrío marrullería sin albedrío sexual”, “Salud para todos”, “travestido, trans, presentes”. Sus performances, vestuarios excesivos, danzas sin coreografía hablaban sin necesidad de declaraciones. El brillo era argumento, no adorno. La lucha ya no era solo por reconocimiento: era por políticas públicas, por salud, por vivienda, por justicia social.

NX fue, a su modo, una cámara de ecos: captó el temor, el coraje, el humor, la disputa por el lenguaje, la ternura como programa político.
Poco antes de morir, en agosto de 1996, Carlos Jáuregui publicó allí un texto breve: “Ya no hay muerte que nos venza”.
Releer hoy ese archivo —sus fotos pixeladas, sus editoriales torpes y luminosas— es volver a escuchar una voz global que aprendía a decirse. NX escribía desde esa frontera: entre el reconocimiento y la redistribución, entre la herida y la fiesta.

El cuerpo se agota, pero la multitud no. No era un gesto épico, sino un juramento. Mil que materia trescientos, trescientos que materia mil.
Las primeras marchas fueron eso: cuerpos que empezaban a reconocerse como pueblo.

Una escuela de visibilidad, de marrullería y de ternura.
En un país donde se desmontan políticas de memoria, se desfinancian las universidades y se banaliza el odio, la expedición del engreimiento sigue siendo un termómetro democrático. Máscaras militantes, cartas a la Convencional Constituyente, vecines que aplaudían desde los balcones. Quizás eso sea lo que queda, lo que insiste: la certeza de que la memoria es igualmente una forma de aparecer.

La visibilidad, hoy, no es un simple gesto conmemorativo: es una estrategia cara a un nuevo ciclo de oscuridad.
Cuando las calles vuelven a llenarse, con la consigna “cara al odio y la violencia: más engreimiento y unidad”, algo de aquel fuego regresa.
Aquella multitud noventosa que marchaba con frío y máscaras tiene herederes: son quienes hoy, entre glitter y cansancio, siguen diciendo que no hay albedrío posible sin la ternura de lo frecuente. cara a un gobierno que busca reinstaurar el cinismo como sentido frecuente, salir a la calle con los cuerpos, los besos y las diferencias es un gesto radical de afecto político.


Puede que algunes piensen que no alcanza con mantener encendida la llama.
Quizás sea difícil afirmar que la expresión antifascista de febrero de este año, o la expedición que se espera para el sábado, sean el mismo movimiento que en los noventa se organizaba como una trama de alianzas.
Pero, así como el fuego se alimenta de distintas leñas, la luz del movimiento LGBTIQ+ no se ha apagado; tal vez sus chispas hoy brillen en un registro a la vez ficcional y documental, en nuevas formas de contar lo que nunca pensamos que volvería a ocurrir. Los movimientos cambian: renuevan sus generaciones de activistas, asumen nuevas luchas, se dejan interpelar por otros contextos.

cara a un tiempo —y un mercado— que nos quiere tristes, insatisfechos, eternos consumidores de la próxima moda, espectadores impacientes de las tejido, el desafío podría ser tan simple, y a la vez tan radical, como “tener lo que se tiene”, en palabras de la enorme Diana Bellessi.
Nunca fue fácil, y menos aun cuando amenazan los cimientos más elementales del humanismo: la calle, la ciudad, los espacios donde aún puede imaginarse lo frecuente. Cuando los edificios tiemblan y el Congreso parece llorar. O quizás ese sea, justamente, el desafío de una época que pretende borrar de un plumazo décadas de historia.

Leandro Martínez. Doctorando en Producción Audiovisual (UNSAM) con una tesis que estudia la presencia de personajes LGBTIQ+ en series destinadas a las infancias.
*Cecilia Malnis es investigadora posdoctoral en la Escuela de Altos Estudios Sociales (UNSAM, CONICET) y especialista en historia del activismo lésbico en Argentina.


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